No son pocas las veces que me han preguntado: «¿Tú cómo llegas a las no monogamias?». A las no monogamias se llega como a Roma, desde todos los caminos. Bueno, no todos, pero al menos muchos de ellos sí que llegan a las no monogamias. Por eso sería una insensatez hablar de cómo se llega a las no monogamias, porque hay tantos caminos como personas que se vinculan de esta forma.
Reflexión vs. azar: dos formas de llegar
En mi caso, y en el de algunas de las personas que vivimos las no monogamias, hemos llegado desde una reflexión sobre cómo queremos vincularnos, qué es lo que espero de un vínculo y qué es lo que yo tengo para aportar a mis vínculos (spoiler: no son preguntas que se suelan responder en una tarde ni tienen una respuesta única). En esta reflexión, para mí, las no monogamias encajan más que los modelos tradicionales monógamos. Otras personas han llegado por el mero azar de la vida, sin ningún tipo de reflexión profunda. Ambas fórmulas son perfectamente válidas, igual que si el modelo que encaja en tus valores es la monogamia.
Del modelo monógamo al poliamor
En mi vida nunca he sentido ese conflicto monogamia vs. no monogamia, ni siquiera cuando he tenido relaciones monógamas. Evolucioné mi forma de relacionarme hacia el poliamor de una forma tan reflexiva como orgánica. Y no, no es un camino de rosas, no nos engañemos: como toda forma de vincularse, tiene sus hostias que te tienes que ir dando para conseguir eso que tanto nos gusta y tanto nos cuesta: aprender. Además, en el poliamor, por definición (salvo excepciones que no vienen al caso), añadimos más personas a la ecuación; por lo tanto, más complejidad. Definitivamente, si lo que te gustan son las cosas sencillas, igual el poliamor no es lo que buscas; en la carrera eclesiástica te puedes encontrar muchas menos dificultades 😉
No monogamias: identidad o práctica relacional
Cuando hablamos de no monogamias, este es un paraguas extraordinariamente amplio. Para simplificarlo, podríamos decir que existen dos modos de vivirlas: hay quien lo considera parte de su identidad, forma parte de su definición sobre quiénes son. En cambio, hay quien vive las no monogamias como práctica relacional; en esta segunda forma se suelen encontrar más las personas swinger o en relaciones abiertas desde el plano sexual, más que desde el plano emocional. Por hacer un símil reduccionista, sería algo así como tener a una persona que es vegetariana por convicción y valores (se siente vegetariana) o aquella que no come carne por simple costumbre (sin la necesidad de identificarse como vegetariana).
¿Deben tener “apellido” las no monogamias?
Se ha discutido mucho (tampoco tanto) sobre si las no monogamias deben tener apellido y, en esto, se han probado diferentes fórmulas: «no monogamias éticas», «no monogamias consensuadas», «no monogamias conscientes», «no monogamia responsable»… todo ello para diferenciarlas de «los cuernos de toda la vida», que técnicamente alguien podría decir que son otra forma de no monogamias; no es mi caso. Lo cierto es que todos estos apellidos tienen sus inconvenientes, por eso no me gustan especialmente. Utilizarlos me parece que fuerza una explicación a modo de excusa. No he escuchado a nadie tener que decir que su monogamia es «ética» o «consensuada», porque se le presupone, como el valor al soldado. Ciertamente, aspiro a lo mismo con las no monogamias: que se les presupongan la ética y el consenso sin la necesidad de explicitarlo o excusarlo. Es más, realmente aspiro a que toda relación sea ética y consensuada, más allá del modelo relacional en el que se desarrolle.
