Estaremos todas de acuerdo en que no todas las palabras pesan igual. No descubro nada cuando digo que, posiblemente, las palabras que más nos cuesta decir son los “te quiero”. Un “te quiero” nace de dentro y, a la vez, son muchos los “te quieros” ahogados por las dudas, por los “y si” o por los “casi”, los “casi algo”, más concretamente.
Han sido muchos los “te quiero” que se han quedado sin decir. He de reconocer que, de un tiempo a esta parte, trato de que esto no me suceda. Intento que los “te quiero” fluyan desde mí, a veces incluso a riesgo de asustar a quien recibe esos “te quiero”. Porque sí, los “te quiero” tienen esa capacidad —diría que singular— de asustar a quien se atreve a nombrarlos y de hacer “panicar” a quien los recibe.
Decir «te quiero» (aunque dé miedo)
Hay “te quiero” condicionados, aunque, si los observamos bien, la condición solo pretende ser un pequeño colchón, por si el “te quiero” cayera en saco roto o por si fuera malinterpretado.
En ese gran plató que son los aeropuertos podemos observar cómo se transforman los “te quiero”. Podemos ver cómo los metros que separan la puerta de embarque del interior del avión también dividen su fuerza. Parece que tuvieran más valor aquellos que damos en la fila antes de acceder al avión que los que se dicen desde dentro del mismo cuando este emprende el vuelo.
Otra cosa curiosa que les pasa a los “te quiero” es la capacidad de resignificación que tienen, y por eso son únicos. No es lo mismo el “te quiero” que le dices a tu padre que el que le dices a tu madre o a tu vínculo; así como tampoco es lo mismo un “te quiero” que el anterior, aunque emisor y receptor sean los mismos. Los “te quiero” se resignifican a cada instante: son acumulativos, acumulativos de experiencias, de querencias y de creencias, de pasiones, de verdades, de vulnerabilidad y de emociones.
Los “te quiero” son una suerte de caja de Pandora que necesitamos compartir, quizá porque caben tantas cosas en ellos que sería injusto, a la vez que insano, guardárselos para una misma. Los “te quiero” no se dicen: se dan o incluso se regalan.
“Te quiero” vs. “buenas noches”
Todo eso hace que los “te quiero” tengan una peculiaridad única e irrepetible. Comparemos los “te quiero” con los “buenas noches”: los “buenas noches” no tienen la magia de los “te quiero”; no se resignifican, no son acumulativos ni siquiera necesitan ser condicionados. Los “buenas noches” se van desgastando a cada noche que pasa, sin que eso signifique que el amor se apaga con ellos ni que, cuando los “buenas noches” cambian de cama, se cambie el corazón con ellos.
Es cierto que, si el vínculo se sustenta en las rutinas, en los “buenas noches”, podemos sentir su ausencia como pura traición, como bien dijera Manuel Jabois en uno de sus títulos más brillantes: “hay más cuernos en un buenas noches”. Pero yo no quiero acumular “buenas noches”; yo quiero resignificar los “te quiero”.

